miércoles, 18 de abril de 2012

Los mejores profesores del mundo


Ayer (15 de abril) leí en el Suplemento de XL Semanal el inevitable reportaje dominical de gran impacto (es portada) sobre lo geniales que son los profesores estrella en red: Salman Khan, que explica matemáticas desde su “modesto” cuartel de Silicon Valley y cuyo lema, según los reporteros firmante, es “Quiero hacer de la escuela un lugar divertido y eficaz”; Walter Levin, físico que imparte también por vídeos online los principios de su complicada materia de una manera entretenida y útil (“Lo que se enseña en las aulas sirve de muy poco en la vida real”); Juan Medina, que quiere contagiar a sus alumnos la pasión por las matemáticas; Sir Robinson (¿es el Sir un nombre o es que lo han hecho Sir?) que viene a denunciar las siete mentiras de la escuela tradicional; y los periodistas firmantes, Fernando Goitia y Victor de Azevedo, que, seguramente para conseguir el efecto mediático que su competitiva profesión exige previenen ya en la portadilla “EL ÉXITO DE DE ESTOS PROFESORES, CON SUS CLASES GRATUITAS, DE CALIDAD Y ‘ADICTIVAS’, CALIENTA EL DEBATE SOBRE COMO ADAPTAR EL SISTEMA EDUCATIVO AL MUNDO DEL SIGLO XXI”. Aparte de sorprenderme por la elección del ‘ADICTIVAS’, como si ya no bastara con que la enseñanza guay haya de ser lúdica y tuviera que incorporar además un ingrediente adictivo, como la cocaína, el éxtasis o el LSD, yo me pregunto cómo responderían esos supuestos alumnos adictos a sus materias si tuvieran que mostrar lo que saben en uno de esos odiosos exámenes objetivos que son iguales para todos. Cómo responderían si, por casualidad, algunos de ellos no estuvieran lo suficientemente motivados y aun así estos magníficos profesores se vieran obligados a enseñarles  porque el estado sostiene como dogma que todos los ciudadano en edad escolar tienen el derecho a obtener un título, a pesar de todos los esfuerzos denodados que estos hagan en contrario. El secreto del éxito está en la respuesta. Los profesores estrella, y los periodistas que firman el artículo por extensión, no creen en la escuela porque no es adictiva, o porque no sirve para mucho, o porque no conecta con el alumno, o porque mata la creatividad. Mi reino no es de este mundo, dijo el Maestro. Posiblemente los resultados serían espectaculares si renunciamos a formar a los alumnos en aquello que no les interesa. ¡Fuera matemáticas! ¡Fuera la lengua! ¡Fuera las ciencias naturales! ¡Venga skateboard¡ ¡venga cursos sobre chateo o vídeojuegos! Yo no dudo de que estos profesores modélicos a los que todos tendríamos que apresurarnos a  imitar obtienen muchos y muy buenos resultados entre los estudiantes que libremente se acercan a la pantalla del ordenador atraídos por el glamour, la originalidad o la conectividad de sus vídeos; también entre los que esporádicamente hayan visionado uno o dos de sus grabaciones (pienso en los reporteros obligado a hacer el reportaje urgente con el que atraer nuestra atención superficial un domingo más); no dudo que unos (visionarios ocasionales) y otros (periodistas que por definición han de inflar la noticia para poder promocionarse) hayan sido arrebatados por la novedad del método, aunque al cuarto de hora (condicionados por esta civilización del consumo fulgurante) hayan vuelto unos por ventura a sus vídeos juegos; los otros, quién sabe, a la redacción para hacerse cargo de otro artículo lo más impactante posible que ocupe la portada del próximo domingo. Pero al final, si hiciéramos un test para ver cuánto de verdad han aprendido los alumnos de estos nuevos prometeos de la enseñanza, un informe Pisa, por ejemplo, ¿qué pasaría? No dudo de que estos modernos tele-profesores (y aquí aclaro que los epítetos que les dedico no van dirigidos tanto hacia ellos como a la imagen que los periodistas proyectan) sean docentes extraordinarios, aunque, como dice el propio articulista, sus métodos son más bien tradicionales, pues la novedad está en el medio y no en su uso, ya que el vídeo puede ser visionado una y otra vez hasta que el alumno, si es constante, aprenda (y eso sí que es una ventaja).
Pero albergo mis dudas de que, la educación, como el amor, no sea cosa de dos. Y de nada sirve que uno (profesor o alumno) ame intensamente si no es correspondido. Si el otro es refractario, incluso despótico y caprichoso, exigiéndolo todo y no dando nada o dando un rebufo, una mofa o una agresión a cambio. Hoy día hay profesores y alumnos así, no me cabe duda. Hay profesores que no preparan clases, no terminan el programa, no reciben a los alumnos en tutoría, no examian los exámenes con ellos cuando así se les reclama para razonarles su calificación. Creo que son pocos, unos dinosaurios en sus cuevas que la inane actitud española ante la ley (hacer muchas y no imponer el cumplimiento de ninguna) les concede a despecho de inspectores, defensores varios y otros aggiornamientos del sistema. Pero creo que en mucho mayor grado son los alumnos los que no aman, los que castigan injustamente con indiferencia o con crueldad la dedicación de sus profesores, que a menudo enseñan con la anónima esperanza de que su afecto sea correspondido por la inmensa minoría juanramoniana.
In ipsa tamen pueritia ego non amabam litteras, decía San Agustín, en la lección 6 de mi manual de Latín de Tercero de Bachillerato de Eugenio Hernández Vista y Arturo Soler Ruiz (1969). El libro ha sido superado con creces por el tiempo y la didáctica, pero todavía se puede apreciar a través de las páginas amarillentas y el olor a moho de sus páginas, el mucho amor que los autores pusieron por transmitir rigor y claridad. A mí me bastó y me basta hoy día para defenderme con el poco latín que aún conservo, a pesar de que no tuve tanta suerte con el profesor que lo estableció como libro de texto. No cabe duda de que los libros y recursos didácticos han aumentado y mejorado exponencialmente desde entonces. Y la preparación didáctica de los profesores también. Entonces, ¿por qué supuestamente fracasa la enseñanza en España? ¿Por qué a pesar de tener un presupuesto mayor que Finlandia estamos tan lejos de sus resultados en informes posiblemente objetivos como los de Pisa? ¿Flagelamos a los profesores? Efectivamente, los profesores españoles no son como los finlandeses. ¿Flagelamos a los responsables organizativos de la educación? Efectivamente, ni los psicólogos, ni los psicopedagogos, ni los inspectores, delegados, subsecretarios y ministros del ramo son como los finlandeses. ¿Flagelamos a los padres, a la sociedad? Tampoco ellos lo son. Pero no olvidemos que los alumnos tampoco han nacido tan al norte. Agitaré un espantajo delante de tantos ojos afectados por las cataratas de lo políticamente correcto. Los españoles no aman las letras. Ni las ciencias. No en la misma proporción que los finlandeses. Si acaso las artes de más inmediato consumo. Estadísticamente aman el fútbol (poseemos la liga más potente del mundo), los reality shows, los programas arrabalero-mediáticos o el cotilleo de 625 líneas. No quiero decir con esto que los españoles y las españolas, cada uno en los pasatiempos que más frecuentan, sean malos. Diría que de todo el paisanaje que me rodea (colegas exceptuados) sólo un 25 % tiene estudios superiores, frecuentan libros, exposiciones, teatro o se preocupan por seguir los desarrollos de ciencia y tecnología. Son buenas personas a pesar de  todo. Mejor que yo, lo admito. A veces consiguen incluso fijar su atención en un episodio intelectual glamoroso o sorprendente. Sed non amant litteras. ¿Por qué culpar tanto a los profesores, al sistema o a las autoridades o los políticos de la falta de amor de tantos sanagustines que no aman letras ni números, ni artes ni ciencia? Al menos directamente, porque indirectamente a los dos últimos grupos se les puede acusar,  junto a muchos psicopedagogos, de mantener la falacia de que la calidad de un sistema educativo se mide por el cien por cien de aprobados y que si esto no se logra habrá que seguir dedicando medios y dinero indefinida e incrementalmente, cuando desde los tiempos de David Ricardo (que es como decir de María Castaña en economía) se sabe bien por la ley de los rendimientos decrecientes que cada vez se obtiene menos resultados si a partir de un cierto nivel se aumenta indefinidamente un solo input (la financiación) manteniendo inalterados todos los demás. Si abandonáramos por fin esta imposibilia del cien por cien de aprobados, quizá podríamos dotarnos de verdad de un sistema educativo eficiente que, a través de la atención prioritaria a ese 25 % verdaderamente motivado, creara gran y rápido valor añadido a partir de la ciencia, las artes y la tecnología. Y no sólo eso, sino de una masa crítica bien formada. No quiero que se me entienda mal; no estoy hablando de una élite de la sangre ni del dinero; hablo de la élite abierta (y ojalá fuera una inmensa minoría del 90 %) y con movilidad social de los mejores entre los que dirijan su esfuerzo y su inteligencia, su amor, al saber. Hablo de una alianza, de una dependencia mutua entre esa élite y los que no seamos parte de ella, de tal manera que los más dotados y preparados nos ofrecieran no emocionantes espectáculos deportivos, como hacen los futbolistas de élite un día sí y otro también, sino los frutos de su saber. Hablo de un respeto hacia la aristocracia de la inteligencia respaldada y supervisada por una mayoría que la aprecie y se esfuerce por emularla. Al fin y al cabo de las mayorías salen siempre las minorías. Y, contrariamente a lo que supone el pensamiento pedagógico dominante, la atención prioritaria a los mejores no tiene por qué suponer la postergación de los demás. Al fin y al cabo, como dice Juan Enríquez, escritor y empresario de la biotecnología  (Redes 120. La Revolución de la genómica), “Un país pequeño puede ser inmensamente rico y exitoso si tiene una población educada en ciencia y en tecnología.” En vez de en pane et circensis, añado yo. En definitiva hablo de una élite abierta desde la cuna hasta la tumba (aprendizaje para todo la vida le llaman ahora) a los miembros de la mayoría, incluso a aquellos que descubran su amor por las letras a esa edad tardía en la que las viruelas son una rareza digna de provocar la asombrada exclamación de nuestro refranero.  Al fin y al cabo, San Agustín, acabó por amar las letras, ya un poco crecidito, supongo. ¡Y llegó a ser doctor (de la Iglesia) por añadidura!

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