Ayer (15 de abril) leí en el
Suplemento de XL Semanal el inevitable
reportaje dominical de gran impacto (es portada) sobre lo geniales
que son los profesores estrella en red: Salman Khan, que explica matemáticas desde
su “modesto” cuartel de Silicon Valley y cuyo lema, según los reporteros firmante,
es “Quiero hacer de la escuela un lugar divertido y eficaz”; Walter Levin,
físico que imparte también por vídeos online
los principios de su complicada materia de una manera entretenida y útil (“Lo
que se enseña en las aulas sirve de muy poco en la vida real”); Juan Medina,
que quiere contagiar a sus alumnos la pasión por las matemáticas; Sir Robinson
(¿es el Sir un nombre o es que lo han
hecho Sir?) que viene a denunciar las siete mentiras de la escuela tradicional;
y los periodistas firmantes, Fernando Goitia y Victor de Azevedo, que, seguramente
para conseguir el efecto mediático que su competitiva profesión exige previenen
ya en la portadilla “EL ÉXITO DE DE ESTOS PROFESORES, CON SUS CLASES GRATUITAS,
DE CALIDAD Y ‘ADICTIVAS’, CALIENTA EL DEBATE SOBRE COMO ADAPTAR EL SISTEMA
EDUCATIVO AL MUNDO DEL SIGLO XXI”. Aparte de sorprenderme por la elección del ‘ADICTIVAS’,
como si ya no bastara con que la enseñanza guay
haya de ser lúdica y tuviera que incorporar además un ingrediente adictivo,
como la cocaína, el éxtasis o el LSD, yo me pregunto cómo responderían esos supuestos
alumnos adictos a sus materias si tuvieran que mostrar lo que saben en uno de
esos odiosos exámenes objetivos que son iguales para todos. Cómo responderían si,
por casualidad, algunos de ellos no estuvieran lo suficientemente motivados y
aun así estos magníficos profesores se vieran obligados a enseñarles porque el estado sostiene como dogma que todos
los ciudadano en edad escolar tienen el derecho a obtener un título, a pesar de
todos los esfuerzos denodados que estos hagan en contrario. El secreto del
éxito está en la respuesta. Los profesores estrella, y los periodistas que
firman el artículo por extensión, no creen en la escuela porque no es adictiva,
o porque no sirve para mucho, o porque no conecta con el alumno, o porque mata
la creatividad. Mi reino no es de este mundo, dijo el Maestro. Posiblemente los
resultados serían espectaculares si renunciamos a formar a los alumnos en
aquello que no les interesa. ¡Fuera matemáticas! ¡Fuera la lengua! ¡Fuera las
ciencias naturales! ¡Venga skateboard¡
¡venga cursos sobre chateo o vídeojuegos! Yo no dudo de que estos profesores
modélicos a los que todos tendríamos que apresurarnos a imitar obtienen muchos y muy buenos resultados
entre los estudiantes que libremente se acercan a la pantalla del ordenador
atraídos por el glamour, la
originalidad o la conectividad de sus vídeos; también entre los que
esporádicamente hayan visionado uno o dos de sus grabaciones (pienso en los
reporteros obligado a hacer el reportaje urgente con el que atraer nuestra
atención superficial un domingo más); no dudo que unos (visionarios ocasionales)
y otros (periodistas que por definición han de inflar la noticia para poder
promocionarse) hayan sido arrebatados por la novedad del método, aunque al
cuarto de hora (condicionados por esta civilización del consumo fulgurante)
hayan vuelto unos por ventura a sus vídeos juegos; los otros, quién sabe, a la
redacción para hacerse cargo de otro artículo lo más impactante posible que
ocupe la portada del próximo domingo. Pero al final, si hiciéramos un test para
ver cuánto de verdad han aprendido los alumnos de estos nuevos prometeos de la
enseñanza, un informe Pisa, por ejemplo, ¿qué pasaría? No dudo de que estos
modernos tele-profesores (y aquí aclaro que los epítetos que les dedico no van
dirigidos tanto hacia ellos como a la imagen que los periodistas proyectan) sean
docentes extraordinarios, aunque, como dice el propio articulista, sus métodos
son más bien tradicionales, pues la novedad está en el medio y no en su uso, ya
que el vídeo puede ser visionado una y otra vez hasta que el alumno, si es constante,
aprenda (y eso sí que es una ventaja).
Pero albergo mis dudas de que, la
educación, como el amor, no sea cosa de dos. Y de nada sirve que uno (profesor
o alumno) ame intensamente si no es correspondido. Si el otro es refractario,
incluso despótico y caprichoso, exigiéndolo todo y no dando nada o dando un
rebufo, una mofa o una agresión a cambio. Hoy día hay profesores y alumnos así,
no me cabe duda. Hay profesores que no preparan clases, no terminan el
programa, no reciben a los alumnos en tutoría, no examian los exámenes con
ellos cuando así se les reclama para razonarles su calificación. Creo que son
pocos, unos dinosaurios en sus cuevas que la inane actitud española ante la ley
(hacer muchas y no imponer el cumplimiento de ninguna) les concede a despecho
de inspectores, defensores varios y otros aggiornamientos
del sistema. Pero creo que en mucho mayor grado son los alumnos los que no
aman, los que castigan injustamente con indiferencia o con crueldad la
dedicación de sus profesores, que a menudo enseñan con la anónima esperanza de
que su afecto sea correspondido por la inmensa minoría juanramoniana.
In ipsa tamen pueritia ego non amabam litteras, decía San Agustín,
en la lección 6 de mi manual de Latín de Tercero de Bachillerato de Eugenio Hernández
Vista y Arturo Soler Ruiz (1969). El libro ha sido superado con creces por el
tiempo y la didáctica, pero todavía se puede apreciar a través de las páginas
amarillentas y el olor a moho de sus páginas, el mucho amor que los autores
pusieron por transmitir rigor y claridad. A mí me bastó y me basta hoy día para
defenderme con el poco latín que aún conservo, a pesar de que no tuve tanta
suerte con el profesor que lo estableció como libro de texto. No cabe duda de
que los libros y recursos didácticos han aumentado y mejorado exponencialmente
desde entonces. Y la preparación didáctica de los profesores también. Entonces,
¿por qué supuestamente fracasa la enseñanza en España? ¿Por qué a pesar de
tener un presupuesto mayor que Finlandia estamos tan lejos de sus resultados en
informes posiblemente objetivos como los de Pisa? ¿Flagelamos a los profesores?
Efectivamente, los profesores españoles no son como los finlandeses.
¿Flagelamos a los responsables organizativos de la educación? Efectivamente, ni
los psicólogos, ni los psicopedagogos, ni los inspectores, delegados,
subsecretarios y ministros del ramo son como los finlandeses. ¿Flagelamos a los
padres, a la sociedad? Tampoco ellos lo son. Pero no olvidemos que los alumnos
tampoco han nacido tan al norte. Agitaré un espantajo delante de tantos ojos
afectados por las cataratas de lo políticamente correcto. Los españoles no aman
las letras. Ni las ciencias. No en la misma proporción que los finlandeses. Si
acaso las artes de más inmediato consumo. Estadísticamente aman el fútbol
(poseemos la liga más potente del mundo), los reality shows, los programas arrabalero-mediáticos o el cotilleo de
625 líneas. No quiero decir con esto que los españoles y las españolas, cada
uno en los pasatiempos que más frecuentan, sean malos. Diría que de todo el
paisanaje que me rodea (colegas exceptuados) sólo un 25 % tiene estudios
superiores, frecuentan libros, exposiciones, teatro o se preocupan por seguir
los desarrollos de ciencia y tecnología. Son buenas personas a pesar de todo. Mejor que yo, lo admito. A veces consiguen
incluso fijar su atención en un episodio intelectual glamoroso o sorprendente. Sed
non amant litteras. ¿Por qué culpar tanto a los profesores, al sistema o a
las autoridades o los políticos de la falta de amor de tantos sanagustines que
no aman letras ni números, ni artes ni ciencia? Al menos directamente, porque
indirectamente a los dos últimos grupos se les puede acusar, junto a muchos psicopedagogos, de mantener la
falacia de que la calidad de un sistema educativo se mide por el cien por cien
de aprobados y que si esto no se logra habrá que seguir dedicando medios y dinero
indefinida e incrementalmente, cuando desde los tiempos de David Ricardo (que
es como decir de María Castaña en economía) se sabe bien por la ley de los
rendimientos decrecientes que cada vez se obtiene menos resultados si a partir
de un cierto nivel se aumenta indefinidamente un solo input (la financiación) manteniendo
inalterados todos los demás. Si abandonáramos por fin esta imposibilia del cien por cien de aprobados, quizá podríamos
dotarnos de verdad de un sistema educativo eficiente que, a través de la
atención prioritaria a ese 25 % verdaderamente motivado, creara gran y rápido valor
añadido a partir de la ciencia, las artes y la tecnología. Y no sólo eso, sino
de una masa crítica bien formada. No quiero que se me entienda mal; no estoy
hablando de una élite de la sangre ni del dinero; hablo de la élite abierta (y
ojalá fuera una inmensa minoría del 90 %) y con movilidad social de los mejores
entre los que dirijan su esfuerzo y su inteligencia, su amor, al saber. Hablo
de una alianza, de una dependencia mutua entre esa élite y los que no seamos
parte de ella, de tal manera que los más dotados y preparados nos ofrecieran no
emocionantes espectáculos deportivos, como hacen los futbolistas de élite un
día sí y otro también, sino los frutos de su saber. Hablo de un respeto hacia
la aristocracia de la inteligencia respaldada y supervisada por una mayoría que
la aprecie y se esfuerce por emularla. Al fin y al cabo de las mayorías salen
siempre las minorías. Y, contrariamente a lo que supone el pensamiento
pedagógico dominante, la atención prioritaria a los mejores no tiene por qué
suponer la postergación de los demás. Al fin y al cabo, como dice Juan Enríquez,
escritor y empresario de la biotecnología (Redes
120. La Revolución de la genómica), “Un país pequeño puede ser inmensamente
rico y exitoso si tiene una población educada en ciencia y en tecnología.” En
vez de en pane et circensis, añado
yo. En definitiva hablo de una élite abierta desde la cuna hasta la tumba
(aprendizaje para todo la vida le llaman ahora) a los miembros de la mayoría,
incluso a aquellos que descubran su amor por las letras a esa edad tardía en la
que las viruelas son una rareza digna de provocar la asombrada exclamación de
nuestro refranero. Al fin y al cabo, San
Agustín, acabó por amar las letras, ya un poco crecidito, supongo. ¡Y llegó a ser
doctor (de la Iglesia) por añadidura!
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